jueves, 10 de mayo de 2018

Olor a culo en el sonajero

(...) pero algo ocurrió en el set. Un reflector, que había sido instalado pocas horas antes, se desprendió del aparejo de iluminación y cayó sobre el pobre felino. Le aplastó la cabeza. Fue entonces cuando a la producción se le ocurrió una idea que implicaba una combinación de oportunismo y una notable falta de tacto: utilizar el cuerpo del animal para rodar lo que, en la diégesis de la serie, sería un sueño. La idea era contar con un "comodín" para injertar en la trama cuando fuese necesario. Quienes tuvieron oportunidad de ver el tape coinciden, previsiblemente, en que el resultado es, como mínimo, grotesco. Nick Parker relataba para The Sun: "La escena es chocante. Alf coloca la osamenta de Lucky (N del T: Suertudo en Hispanoamérica) entre dos baguettes y enhebra una retahíla de gags que encuentran eco en las risas pregrabadas y en las del elenco, que se encuentra visiblemente tentado, como si se tratara de una travesura. Benji Gregory, el único que en verdad parece afectado, recita su breve parlamento con tono monocorde y titubeante, disimulando mal una arcada, mirando a detrás de cámaras con ojos vidriosos, como buscando una explicación para semejante aberración."
Este fue el primero de los aproximadamente 600 gatos que, a lo largo de la serie, encarnaron a Suertudo.
La NBC nunca accedió a emitir esta escena.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Piropos en el velatorio

"Subió a un taxi, pidió ir hasta Paraguay y Billinghurst y permaneció en silencio durante todo el trayecto. La cólera lo desbordaba. Sin embargo, más allá de un mandibuleo delator, no había nada en ese rostro adusto que hubiera llamado la atención del taxista: a cara lavada, Albert -como lo llamaban en la intimidad- era un pasajero más. Veinte minutos después llegó al edificio Mena II, atravesó el hall del segundo piso, dejó a Norma, la recepcionista, con el saludo en el aire y se metió en el despacho de Ares. Allí, sin mayores preámbulos, le asestó a su mánager una paliza tal que terminó internado en terapia intensiva en el Hospital Italiano. Cuando llegó la policía, Albert, hecho una fiera, estaba destrozando la oficina. Su ensañamiento con los escritorios de vidrio le había dejado astillas y cortes profundos en los nudillos y en la frente, pero estaba tan duro que no sentía nada. En el colmo del paroxismo, el derrotero de maltrato y agresiones que signó su paso por Canal 13 y que constituyó un verdadero mundo de pesadilla para actores, productores, técnicos, maquilladores y un largo etcétera -en definitiva, para todos los que trabajaban con él- alcanzaba un trágico clímax.
Hay un consenso algo culposo al interior de su círculo íntimo: Ares quizás haya sido un mártir necesario, una suerte de 'tapón' destinado a obturar las violentas manifestaciones de un temperamento cuya onda expansiva podía llegar (para sus allegados, de hecho, era inminente) nada más ni nada menos que a su público infantil."

(Extraído de Chu-chu-uá: Identikit de un demonio maquillado. Alfaguara, Madrid, 2014)

De la cuna a la morgue

Hundía la uña crecida del meñique en la bolsa que tenía en el cenicero y se daba un saque atrás del otro, casi formalizando una unidad de tiempo que sería para el segundo lo que la milla para el kilómetro.
-Dale, tomá maricón. ¡Tomá! -me insistía, como insisten los merqueros cuando están duros y quieren que estés duro como ellos. Yo rechazaba el tirito y se lo tomaba él. Así, dos o tres veces. Estaba pasadísimo de rosca: venía de gira desde el jueves (“Recién salgo del after, mono” me contó ni bien subí a su Peugeot 504 con llamaradas ploteadas en los laterales) y estaba llegando tarde a un evento benéfico en Luján. Veníamos a 140 por Acceso Oeste y su forma temeraria de manejar estaba empezando a ponerme nervioso, de modo que le pedí que bajara un cambio.
-Tenés razón, -concedió- abrí la guantera. Agarrá esa latita roja. Esa. Con esto bajamos diez cambios mono, sabelo”.
Antes de abrirla sabía que habría una tuca adentro.
-Mandale cumbia.-pidió.
Decliné. Ya era un acto reflejo.
-¡Dale careta, prendelo! -empezó otra vez- ¡Dale mecha, mono! ¡Dale foca, dale!
Me pasó el pucho que estaba fumando para que prenda la tuca.
-Prendelo porque me llevo puesta la barrera del peaje. Te lo juro, te la pongo de sombrero. -a lo lejos asomaba la hilera de cabinas del peaje de Ituzaingó.
“Voy a darle una seca para que me deje de romper las pelotas” pensé y le di confiado.
Fue una trompada en la mandíbula. Me hundí en el asiento y los ojos se me desorbitaron casi inmediatamente.
-Tás en Júpiter, amigo ¡Jaja! Son flores, jaja, no te dije nada. Altas flores son. -se echó a reír mientras un caño de PVC (la dichosa barrera) golpeaba el capot y de deslizaba con un sonido seco y cortante por el parabrisas y el techo del auto. Apenas había rebajado a cuarta para pasarlo.
Después de eso, retengo recuerdos fragmentarios y confusos. Más que nada era verlo de reojo cómo se prendía a la tuca y hablaba pavadas, visiblemente más calmado.
En el primer semáforo, tras ingresar a Lujan, aprovechó para ponerse la musculosa –había hecho todo el viaje en cueros-. Yo estaba recobrando la conciencia.
Estacionó frente a la Municipalidad. Cuando bajamos lo vi abrir la puerta trasera del auto y hablar.
-A ver princesa, arriba que llegamos. -decía- ¡Dale borracha!
Evidentemente, viajamos con una mujer y nunca me había enterado.
-Dale zorrita de mi vida, vamos que hoy hacés de primera dama. ¡Eu! ¡Dale fisura, eu! -decía y la cacheteaba despacito para que se despabile. Del fondo del asiento salió una mano femenina que se hundió en su cara y la apartó.
En ese momento, la mujer se irguió y se desperezó aparatosamente. Estaba despeinada, tenía una expresión entre embotada y fastidiosa, el maquillaje todo corrido, vestía lentejuelas y aún parecía ebria. Pero la reconocí inmediatamente: era Angie Cepeda, su pareja de aquel entonces.

viernes, 26 de agosto de 2016

Ganglios repentinos

En la oficina tuvimos una compañera que era distinta a cualquier otro ser humano que hubiéramos conocido hasta entonces. De hecho, decir que el género humano es un corset con el que no lograba moverse con comodidad sería, como ya veremos, más acertado.
El primer rasgo extravagante que conocimos de este ser fue su nombre: sin miedo a la hilaridad que pudiera generar en un ambiente en el que -igual que al día de hoy- se respiraba testosterona bruta y densa, se hacía llamar... Hymen. Al respecto, debo jactarme, a riesgo de caer en la soberbia, de que nunca me atrapó el repertorio de chistes fáciles y ocurrencias verdes y constantes con el que los pajeros de mis compañeros intentaban, acaso sin saberlo, taparme el bosque y, lateralmente, integrar a Hymen a nuestra pérfida dinámica social.
Ella me cautivaba. Más bien, lo poquito que ese nombre tan extraño me dejaba ver de su portadora y la gran intriga que me embargaba, como si su fachada exterior fuera una puerta cerrada que me dejase a oscuras y su nombre, Hymen, el ojo de la cerradura que apenas dejaba pasar un fino haz de luz. Mientras mis compañeros reían y vociferaban a ciegas, yo me obsesionaba con encontrar la llave, Hymen, que obturase brevemente ese punto, Hymen, que horadaba la oscuridad, para que la puerta (Hymen) se abra y nos revele esa humilde pero prometedora verdad.
No hizo falta indagar mucho: una tarde, mientras me ayudaba a buscar unos recibos que no podía encontrar, observé horrorizado cómo Hymen metía su cabeza en su caja pectoral, como si fuera una tortuga. Casi en estado de shock, escuché cómo se reía, me pedía disculpas y me explicaba que le picaba la nuca y tenía las manos ocupadas en que los biblioratos del estante al pie del cual estaba acuclillada no se le vinieran encima. Que lo hizo porque conmigo se sentía cómoda, porque yo no la gastaba. Y perdón otra vez, decí algo, querés un vaso de agua, no te asustes, no pasa nada.
Esperó una media hora a que volviera en mí, tras lo cual me contó que es un Homohymenópterus, una suerte de híbrido compuesto en un 65% por el género humano y en el 35% restante por el Hartigia linearis, una subespecie de los Hymenópteros, una familia de insectos alados que abarca desde hormigas hasta abejorros. Que se llama Hymen porque le gusta más que Homo y que Óptero, aunque estos probablemente acarrearían menos bromas y cargadas. Le pregunté si tenía alas. Me dijo que sí, pero que trata de no usarlas por dos razones. La obvia: para no llamar la atención. La otra, porque para batirlas se requiere de una fuerza que tensa desde el árbol traqueal (no tiene pulmones) hasta el esfínter, por lo cual es habitual que se "cague" o tire abundantes "pedos" durante el despegue.
Chau misterio, la puerta se había abierto y la luz dejó mis córneas al rojo vivo. Pero, así como esa puerta se había abierto para mí, yo fui a su vez una suerte de portal que permitió a Hymen abrirse al resto de mis compañeros. Entonces, el nombre fue lo de menos y pudimos saber, por ejemplo, que este tipo de hibridación comienza cuando un insecto entra en el canal vaginal durante el coito y eyacula, estimulado por el "olor a pescado" (que, a su vez, es producido por una hibridación mínima, producto de la ingesta de merluza) y que se consuma cuando el hombre aporta su fluído seminal. Que esto es más habitual de lo que quieren que se sepa (el sujeto tácito es de Hymen) y que los bebés que nacen con estas malformaciones son ahogados en un balde o mutilados, por lo que no es habitual que crezcan con las hermosas y membranosas alas que Hymen escondía tras ese montgomery (que no se sacaba ni para bañarse). Que son ovíparos, pero no suelen heredar la prolificidad del insecto padre: ponen uno, dos o a lo sumo tres huevos. Que son invertebrados, que su piel tan dura es, en realidad, un exoesqueleto, nos explicaba Hymen mientras nos enseñaba sus articulaciones.
Y así, con su constitución biológica y un poco de carisma y amabilidad sincera, fue robándose toda la atención de la oficina y de los pisos contiguos. Yo mismo estaba viéndola como algo más que un insecto.
Pero la popularidad fue su huevo de la serpiente. Irma, la supervisora, nunca se fumó a Hymen y menos aún su creciente aceptación en el grupo humano. Una tarde, haciéndose la zonza y justificándose en una presunta "epidemia de mosquitos", vació un Baigón entero en la oficina en el horario en que solo Hymen permanecía trabajando (porque, de turra que era, la explotaba). Al irse, Irma cerró la oficina con llave y se fue silbando, buscándole un lindo estribillo a su maliciosa satisfacción.
A la mañana siguiente, encontramos a Hymen con las patitas para arriba. Nos costó mucho superar su pérdida, pero más trabajoso fue encontrar una escoba y una pala del tamaño adecuado para despedirla como se merecía. Así se iba Hymen, así se bajaba el telón de su vida. O la telita, mejor dicho, jajajajajajajjajajaj

Hedor en la casa de al lado

El mejor supervisor que tuvimos, opinión unánime, fue Coquito. Debo hacer esta aclaración de entrada para que el lector no se vea sorprendido por un extrañamiento –inevitable de todos modos- que termine por nublar su comprensión lectora: Coquito era un perro. Un labrador, para ser más preciso. Con el paraguas aún abierto, diré una obviedad: no es fácil llegar a supervisor y menos aún cuando no se es (biológicamente) humano. Podrán argüir que nada mejor que un perro si se busca un lacayo leal, servil, obsecuente y centinela de los intereses de un amo –aunque no tenga rostro, como ocurre con el nuestro-. Pero Coquito era mucho más que eso: era exigente pero flexible, divertido pero trabajador y responsable; tenía un alma lúdica pero era diligente y eficaz y, cuando el asunto era serio, en la oficina no volaba una mosca. Cuando lo escuchábamos gemir impaciente en su oficina sabíamos que andaba ansioso, de mal talante, que algo no había salido como quería. Entonces salía de su despacho ladrando, correteaba malhumorado entre los escritorios y ya sabíamos que uno de nosotros tendría que agarrar una bolsita, la correa y llevarlo a Plaza Roma a que se despeje, haga caca, olfatee un par de upites, en fin, menesteres que a cualquier perro le disipan las nubes grises de un mal día en el trabajo.
Hay que decir que Coquito creció muy rápido en la empresa: con un año recién cumplido, llegó para ocupar el puesto de cadete que Pipo, nuestra paloma mensajera, había dejado vacante (de manera trágica: un 132 convirtió a Pipo en una alfombrita de plumas que yació en el pavimento hasta que Coquito se la comió en su primer día de trabajo). Pero ese puesto nunca fue el adecuado para él, dado que se comía las galletitas que le mandábamos a comprar para la oficina, que las boletas y las cédulas terminaban hechas jirones porque no las quería soltar, que hacía enchastres cada vez que tenía que cambiar un bidón de agua... en definitiva, estaba para más. Por eso, cuando Irma se fue, Coquito fue número puesto para ocupar su lugar como supervisor. Y así llegó.
Es conveniente, para que el lector pueda figurarse la historia y su escenario como si estuviese ahí, mencionar que el curso de nuestro devenir estuvo siempre encauzado bajo un criterio ciertamente lógico, cuyo objetivo parecía ser el de evitar que nuestra realidad rebasara los límites del realismo mágico. Así, no es de extrañar la condición humana in absentia de Coquito: las directivas, lineamientos de trabajo, reprimendas, consultas, es decir, toda la comunicación con nosotros se daba a través de mails y whatsapps escritos con una formalidad y una prolijidad en la redacción dignos de su cargo. Cuando llegaba a la mañana, caminaba entre nosotros jadeando y moviendo la cola, a veces me saltaba y me manchaba la camisa con sus patas embarradas, nosotros le dábamos unas galletitas y se encerraba en su oficina. Entonces revisaba mi casilla y veía llegar su mail: “Buen día Jorge. ¿Ténes el presupuesto que encargamos a Tarco la semana pasada? Si no lo recibiste reclamalo, por favor. Muchas gracias.” Otras veces me hacía ir a su oficina a retirar un oficio, o un formulario o alguna carta y cuando entraba lo encontraba recostado, royendo y babeando con terquedad un lapicero o un patito de hule que le encantaba. Y arriba del escritorio, en una caligrafía pulcra, inexplicable, la carta que acababa de redactar. Y todo era así, casi todo su trabajo se desarrollaba entre bambalinas, fuera de nuestra vista. Delante nuestro era, para qué negarlo, un perro: comía Dog Chow en un pote de plástico rojo y tomaba agua en una vieja lata de dulce de batata, generalmente empapando todo el piso de la cocina. Después, mientras comíamos, venía y nos apoyaba el hocico mojado en el pantalón. Más de una vez lo sacábamos a patadas en el orto, o lo rajábamos a puteadas. Le decíamos "¡Juira, perro de mierda!” cuando se nos metía debajo del escritorio y nos apagaba la computadora, o cuando nos desparramaba los papeles tratando de alcanzar la pelotita anti stress. Tuvimos que sacar el alfombrado porque lo llenó de garrapatas. Él mismo lo ordenó por mail.
Pero fue su naturaleza canina lo que nos ganó el corazón. Sentíamos un gran respeto por Coquito jefe, pero también un enorme cariño por Coquito a secas, el Coquito con el que jugábamos, al que le acariciábamos su pelaje dorado, al que le acercábamos una perra en celo los viernes para irnos temprano. Él, intuyo, nos retribuía con el mismo afecto como personas y con una gran estima como empleados. Lo extrañamos.
Se jubiló a los 12 años y se fue al campo a correr la coneja. Hoy debe ser un perrito canoso viejo y chochón.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Infecciones olorosas

Haber integrado el gabinete psicológico del Jardín de Infantes Pomponcitos me permitió trabajar con casos muy llamativos. Cuando me piden que hable de ellos, me acuerdo de Thiago Pombolini. Iba a salita púrpura, no tendría más de cuatro años.
-¿Y a qué más te gusta jugar? -le pregunté. Hasta ese momento me parecía un nene normal y casi decidí que mi visita al domicilio estaba concluída.
-¡Al avión! -me gritó en la cara y, como si recién se hubiera acordado, empezó a sacarse la ropa a tirones.
-Thiago, basta. -dijo la madre, con tono resignado.
Pero no sirvió de nada. El niño ya estaba desnudo y correteando por el pequeño departamento. Con los brazos extendidos como rígidas alas, corría en círculos y hacía ruidos con la boca.
-¡Thiago, en serio! ¿Querés que mamá te haga fumar?- intentó la madre. Como toda respuesta, Thiago agarró el bollo de ropa del piso y lo arrojó por el balcón. Después siguió jugando al avión.
La madre me miró como si intentara transmitirme su indignación.
-¡¡Thiago Bautista!! -gritó, pero no pudo evitar que el nene fuera más lejos aún:
-¡Pito duro! ¡Pito duro! ¡Pi-to-duro! ¡Pi-to-duro! -canturreó Thiago con elocuencia. Su pequeño miembro erecto se bamboleaba de lado a lado, mientras el avión seguía volando en círculos por el comedor. Cuando pasaba por mi lado lo sacudía desafiante, moviendo frenéticamente la pelvis.
-¡Te dije! ¡Ahora voy a buscar los cigarrillos! -dijo la madre antes de desaparecer tras la puerta del dormitorio.
Thiago, rápido de reflejos, aprovechó la ausencia de su mamá y mi falta de reacción -estaba estupefacto- para manotear las llaves de la mesa, irse del departamento y cerrar la puerta con llave. A través de la pared pude escuchar el ascensor subiendo, las puertas tijera abrirse, luego cerrarse y el ascensor bajando. Luego, un silencio solo surcado por los murmullos de Acoyte y Rivadavia, que llegaban desde balcón. A mi lado estaba parada la mamá de Thiago Bautista con el atado de Parisiennes en la mano.
-Seguro fue a buscar la ropa -dijo.

Sangre empalagosa

-Agarrámela con la mano.
Un instante eterno. Las risas de todos estallaron en mi estómago como un gong. Descolocado, me quedé mirando a mi ocurrente interlocutor. Su rostro enrojecido, su sonrisa apretadísima, el mentón contra el pecho... todo parecía luchar por contener semejante euforia, como si esta quisiera escaparse entre sus dientes, por los poros o por las orejas. Las facciones rugosas de su rostro temblaban. Encima no soltaba mi mano, lo que me hacía sentir más ridículo aún. Siempre fue difícil para mí llamarme Rómulo Romulano, pero nunca tanto como ese día. Mi mano libre buscaba a tientas la de mi mujer, pero un palmazo en el hombro que casi me tira hacia adelante me dio a entender que ella se había hecho eco del chiste. Estaba pensando en que nada podía ser peor cuando, entre el millar de risotadas, se escuchó un "¡Una vueltita!" y mi sonriente interlocutor, automáticamente, empezó a levantar la mano que le estreché y que todavía tenía aprisionada. Un cóctel de estupor y diplomacia me embriagaron y me vi, pasivo, sometido a la vuelta como una púber en un asalto. La maniobra me permitió apreciar la escena surrealista que componían los palcos, las bancas, las carcajadas que de allí bajaban, que ya se fundían un estertor uniforme. Ensordecedor. Alguien hasta hizo sonar un güiro y le dio a mi vuelta un involuntario ritmo tropical. Todo era una joda.
Toda la Cámara de Diputados era una joda.
La vueltita terminó. El ex presidente, finalmente, me soltó la mano y se aclaró la garganta. Las risas se apagaron, no así el clima de jolgorio. Yo miraba en silencio las bermudas del ex presidente. Ni me llamaban la atención. En realidad, tenía la cabeza gacha.
Estaba abatido.
-Bueno, basta de boludeces -dijo el mandatario saliente.-Vamos, que el presi quiere joda.
Lo último que quería era joda. Ansiaba irme a mi casa, supervisar la mudanza, hacerme el ofendido con mi mujer y con los periodistas. Claro, a nadie le importó: mis cavilaciones se ahogaron bajo el ritmo monótono que manaba de los bafles del recinto. Empezaba a sonar esa horrible música con la que el Congreso abría cada sesión legislativa. El cantante que le gusta a mi hija, ese Nene Malo.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Falange humana en un paquete de Toddy

-Señor dredmarai, si puedo llamarlo así... en realidad me sentiría más cómodo si me dice su nombre. Me siento medio en el aire llamándolo por su nombre artístico.
-Y nananananá...
-Señor, me lo hace complicado, vio.
-Oh, dredmarai en el corazón, mi nombre es Luciano, vio.
-Perfecto. Luciano. Con cé... -silencio- bueno, claro. Obvio. Dígame, su legajo dice que...
-Y nanananá...
-Don Luciano, deje de tararear. Déjeme hacer mi trabajo.
-Oh amor, perdonarás a este pobre corazón.
Silencio confuso.
-Don Luciano, su legajo dice que estuvo en el sur de Brasil hace... dos semanas...
-Porque es tu cuerpo liberación, el amor... el sol de Jah... Babilon.
Ruido de birome sobre papel.
-Don, a la mayoría de las preguntas del cuestionario respondió con un breve tarareo.
-Y nananaáaaa...
-...
-Ay amor, tu lastimassss a mi corazounnn.
-Don, en Cambridge no tenemos su sentido del humor.

A partir de ese momento la cinta presenta severos daños a causa de exposición a humedad durante el tiempo en que estuvo guardada bajo tierra. El diálogo se vuelve ininteligible. Pasados unos segundos de palabras confusas, el imputado parece sacar un instrumento de cuerda -presumiblemente una guitarra- y desde ese momento solo se escuchan acordes rasgados, al imputado cantando a alto volumen y a nuestro agente vociferando juramentos enardecidos. El final de la cinta, para desconcierto del equipo de la división antropológica de la Policía Federal, está cortado y dicha acción parece haberse llevado a cabo con piezas dentales.

miércoles, 15 de agosto de 2012

ACV segundos antes de dar el sí

-Mírenlo nômas. Miren a ese idiota... qué risa que me da... le idiote.
Habían pasado veinte minutos desde que Christian Metz, titular de la cátedra homónima de Semiótica de los géneros cinematográficos I, interrumpió la clase para hacer observaciones jocosas sobre lo que veía desde el ventanal del aula magna de La Sorbona. Al parecer, lo que lo tenía entretenido -ante la presencia ya desconcertada de unos doscientos alumnos- era un sujeto hablando por teléfono en una cabina situada en la puerta del campus universitario, en plena rue Le Indepêndence.
-Es un payaso. Seguro êsta discutiendo con la jermu. Le payase.
-Monsieur profe- levantó la mano un alumno- tengo le dude con respecto a le montajé durative.- era el primero que se atrevía a interrumpir los habituales divagues de Metz.
-Oh ouí, le montajé durative. Quiere decir "esto ocurrió plus o meno..." oh, mírenlo, le idiote ahora le pega tubazos al teléfono. Se está masturbando. Le masturbaçois.
Las mañas del profesor tenían preocupado al Consejo Directivo de La Sorbona, que más de una vez quiso tapiar aquel ventanal. Intentos siempre frustrados por los recursos de amparo que Metz presentaba por, prácticamente, cualquier cosa.
-Le profe, ¿podría seguir dando clase? Le clasé.
-Idioté, miren, le idiote. Ahora se echó a caminar pour pleno Constituçois con le pântalone pour le tobillé. En môdo pingüiné. Con la baguette al aire. Le Baguette.
Toda esta escena estaba siendo observada desde la puerta del aula por un puñado de militantes del Partido Comunista Francés, que siempre entraba a repartir panfletos sin pedir permiso, ya que conocían los rayes del profe y sabían que cuando estaba ensimismado mirando por la ventana el resto del planeta dejaba de existir para él. Uno de los pibes entró y empezó a hablar:
-¡Pardon, Bonjour compañêres! Nosotré somos de Le Frenté de Izquierda, a le nueve hay asamblé en le sêde de Marcel T, pour le reivindicaçois de le Monsieur compañêres de le fabriqué recupêre Renault ¡Mercí beaucoup!
-Pero si vous plait, zurdes de Le merde. Tomenselás de acá, tomenselás. Le zurdes- Christian Metz había salido de su burbuja y ahora los increpaba.
-¿Qué te pasa a vos, franchute del orto y la concha de tu madre?
El señor Metz fue violado y arrojado por el ventanal a la rue Le Indepêndence. Por eso dicen que se suicidó, pero es chamuyo. Lo cagaron matando.

martes, 19 de junio de 2012

Amputaciones divertidas

-Ahora, ¡pasemos a los llamaditos! Es un día harrrrmoso en Buenos Aires, ideal para escuchar a la gente respondiendo nuestra consigna de hoy que, ¿Cuál es, Román?
-¡Cuáaaaal es el lugar más-ex-tra-ño en ellll que chuparon una almeja, Olga! Llamanos al 4323-0285 o mandá radio-espacio-nacional al 3030.
-¡Asssí es, Román! ¡A ver qué nos dice la gente!
-Hola, soy Cristina Fernández, de Quilmes, y el lugar más raro en el que lambetié una empanada fue en el coletivo. Estaba sentada en un asiento y se me para una morocha al lado y el bondi estaba rrrreeee lleno. Entonces cuestión que me apoya la cotorra en la jeta hasta que, de keruza, le bajé el cierre del jean y le mandé lengua. ¡No tenía nada abajo, jajajaja! Un saludo chicos, ¡los escucho siempre!
-Jajaja, ¡Grande Cristina! ¿Pasamos a otro, Olguita?
-¡Por supuesto! A ver qué nos dice "el yoni" de Belgrano:
-Hola, soy el yoni de Belgrano y quería responder a la pregunta del día que el lugar más loco donde me manduqué una almeja fue en yesi yeims. No recuerdo bien porque estaba re mamado, jajaja, ¡Pero tenía una baraaaanda a pescado! Jajaja, quería mandar un saludo a la Melody, chau.
-¡JAJAJAJAJAJA! Un último mensajito y nos vamos a una pausa chiquitita.
-Chiquitita y estrecha como la tuya, Olga. ¡jajajaja!
-¡Aaaaay Román! A ver qué nos dicen.
-Soy José, de San Martín, soy alcohólico y estoy desesperado. Me echaron del laburo, me dejó mi señora y no me deja ver a los nene. No tengo ni dónde vivir ni a quién llamar, ayúdenme... (sollozos) por favor... (sollozos)
-Uyuyuy, momeeento emotivo ¡jajajaja! cuaaatro tres veintitrés cero dos ocho cinco o mensaje de texto con la palabra radio espacio nacional al treeeeinta treinta. ¡La consigna, Román!
-Cuáaaal es el lugar mas strange donde bajaron al pesebreeeee.
-¡Así es! Ya venimos, no te vayas... lo que suena es Alllmafuerte... Convide Rutero... ¡ya venimos!

domingo, 25 de marzo de 2012

Fiesta de farsantes de la espuma social.

Detroit era un cuadro que describía la decadencia y la tugurización urbana con una meticulosidad que calaba la espalda a escalofríos. Y, consecuentemente, la delincuencia. Detroit era tierra de nadie. Aún lo es, pero esta historia se desarrolla en los tiempos en que un hombre... sí, un hombre... mitad humano, mitad... robot.
Robocop.
Miércoles. 2 AM. Plaza Detroit.
-alto-en-nombre-de-la-ley-maleantes.
Quien hablaba era el consabido señor Robocop, brazo ejecutor de la justicia cruda y sin vueltas. Los destinatarios: señores de corta edad, habitues de la plaza. Sus botitas All Star, sus buzos fluorescentes, sus afros vanguardistas y los radiograbadores, casi reglamentarios, que descansaban en sus hombros los convertían en estereotipos fáciles de reconocer, en diálogos fáciles de adivinar, en sociolectos difíciles de entender, en gestos y ademanes previsibles, en comportamientos tanto conocidos como prejuiciosamente temidos. Y esto... Robocop... lo sabía. La voz de alto se la dio a un grupete de unos seis exponentes de tal tribu urbana.
-Ey, yoyo. What's up bro? Ye, ye.
-están-arrestados-en-nombre-de-la-ley. -reprodujo Murphy, en sus característicos 64kbps, al tiempo que su muslo derecho se abría y dejaba lucir una Taurus de dudosa procedencia.
-Ey, yoyo. Gotta catch us, bitch. Ye. Ye. Fuck you bro.
El polimetálico le dio una trompada que atravesó el grabador del sujeto y, luego, su cabeza. Ahora quedaban cinco.
-Ey, yoyo. What's wrong with you niggah.
-cáiate-maldito-canaia.- respondió Robocop al tiempo que sacaba la Taurus de su muslo. Le dio cuatro tiros en la cabeza y le quitó el grabador antes de que el occiso cayera al piso. Utilizó el artefacto (en el que se escuchaban los acordes de Walk this way) para decapitar a un tercer miembro de la pandilla. Los dos que quedaban, a esa altura, rezumaban terror: solo atinaban a correrse la visera para el costado y a rapear ruegos desesperados como "oh, yoyoyo, be cool bro, be cool 'cause we're not fools, if you wanna get some fun, then let's us just start run, oh, yoyo, niggah". En ese momento llegó corriendo la gordita que es la compañera de Robocop desde antes que lo convirtieran en una lata de sardinas con patas y empezó a gritarle "oh, Murphy, ia detente, cálmate Murphy, mira lo has hecho, te vas a meter en problemas, por favor!". Pero Robocop no parecía escuchar, solo parecía concentrado en partirle el cráneo a culatazos al "maldito-negro" (sic) que se había atrevido a rapearle en la cara. Cuando el pobre muchacho dejó de sacudirse en el suelo y gemir de dolor, le quitó el radiograbador, se acercó con pasos torpes al pandillero que quedaba (que, pobrecito, estaba paralizado por el horror), le quitó el suyo y se dispuso a estrellárselos en la cabeza. Su compañera no sabía qué hacer; "para ia, te van a despedir Murphy, oh por Dios, deja ia a ese sujeto" le decía, a lo que el hombre de estaño se limitó a replicar "cáiate-gorda" y empezó a pegarle grabadorazos al rapero. Cuando este terminó semiinconsciente en el piso, Robocop hizo lo que solía hacer con los pandilleros que se cruzaba cuando hacía adicionales en Plaza Detroit: le espetó un "aquí-tienes-canaia-justicia-en-nombre-de-la-ley", lo remató de tres tiros en la frente y montó una supuesta escena de suicidio colectivo.
-Robocop-wins-flower-victory.- declaró y tiró una de esas risas metálicas que tanto perturbaban a sus compañeros o a quien tuviera la desgracia de escucharlas.
Luego se quiso guardar el arma en el muslo, pero parecía no darse cuenta de que no tenía el compartimento abierto, ya que, cuando soltó el revólver, este cayó al suelo. Se volvió a su compañera:
-dónde-has-comprado-ese-hotdog.
-En esos puestitos- le señaló un par de precarios carritos de comida rápida.-oh, Murphy, te estás tomando muy en serio tu misión. Relájate, chico. Ey! Murphy! Ven aquí! Espera! Detente ia!
Pero ya era tarde. Robocop era lento, pero nadie podía detener a esa mole metálica de paso lento y robótico cuando se ponía terco. La compañera se resignó a suspirar, negar con la cabeza y morderse el labio inferior mientras, cruzada de brazos, observaba a su compañero destrozar los puestos de panchos a la voz de "malditos-hispanos-largo-de-aquí-en-nombre-de-la-ley" y arengas del tipo "I'-ll-be-back" mediante. Se sentía culpable al escapársele risitas contenidas cuando Robocop metía las manos en las pancheras y partía las salchichas con las dos manos como si estuviera doblando un fierro para después arrojárselas en la cara a los pobres puesteros que no entendían nada. Pero la resignación y los meditares acerca de su vida y el devenir siempre ganaban terreno cuando la repetición sobrevenía, cuando no podía evitar caer en el nochetrasnochesiempreigual, en que la anécdota marginal se le volviera rutina, en Robocop apaleando linyeras y afroamericanos, Robocop y su tic incomprensible de tomarse la entrepierna, Robocop pateando heroinómanos en el piso; Robocop tomándose los canutos de cocaína que les quitaba, palizas mediante, a los pibes de la plaza; Robocop duro, dando vueltas torpes, hiperquinéticas; Robocop duro gritando en 64kbps "io-soy-la-ley", "aquí-mando-io-malditos-canaias"; Robocop ahora levantando hamburguesas crudas del piso, Robocop haciéndolas un bollo y metiéndoselas en la boca al tiempo que pateaba lo que queda de los carritos e increpaba con la boca llena a los puesteros, probablemente sin saber o sin importarle que estos ya no podían escucharle.

lunes, 26 de diciembre de 2011

martes, 26 de julio de 2011

Habrase visto

-Disculpe señor, no está permitido tomar fotografías.
-Perdón, perdón. Guardaré mi camará guardaré. Verá usted.
-¿Usted me está cargando? No-está-permitido-guardar-cámaras.
-Entonces... ¿qué hago?
-Dese vuelta.
-Lo haré.
-Bueno, hágalo.
-Lo hice.
El niño abrió su mochila con una calma que sacaría de sus cabales hasta al más fanático de los freudianos, tomó una cartuchera de su interior, la abrió, extrajo un fibrón azul y comenzó a dibujar una simpática mariposa en la espalda del infractor.
-¿Qué me está haciendo, señor?
-Cállese y espere a que termine. Y, por favor, deje de taparse los ojos, que nadie se lo pidió y es fútil estando de espaldas, caramba.
-Disculpe.
-Disculpado.
Una vez hubo finalizado el dibujo, el pequeño guardó el fibrón en la cartuchera y ésta en la mochila, la cual volvió a cargarse al hombro con una parsimonia perturbadora.
-Ya puede darse vuelta.
-Discúlpeme, yo no sabía...
-Cállese, hágame el favor. No es nada, cosa de principiantes, vio.
-¿Puedo sacar una fotito más?
-Solo si me saca una foto con mi mamá y me da un beso.
-Como usted ordene.
El turista le sacó una foto al niño con su madre. El jovencito infló el cachete derecho y se lo tocó con el índice. Clara señal de que al infractor le faltaba cumplir una parte del trato. El fotógrafo regañado le dio un ósculo en la mejilla inflada, le tomó una foto a una curiosa silla que reposaba contra la pared de la oficina y se fue de allí, cabizbajo y algo sonrojado.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Dejame de romper las bolas con Messi, la puta que te parió

El día anterior, había comprobado que la distancia que separa a la boca de subte del Parque Chacabuco era suficiente si la caminaba, tan solo, sin apuro; por lo que subió los últimos escalones hurgándose los bolsillos -el derecho primero, casi por reflejo; el izquierdo después, casi con fastidio-, dio con el encendedor y, ya sobre el semáforo de la esquina, encendió el pucho que antes se humedecía en sus manos -que siempre transpiraban- y luego en su boca apretada. El paso del amarillo al rojo y la primera bocanada coincidieron sin demasiadas ganas y el muchacho cruzó la avenida con la misma actitud. A Diego lo llamaron por tercera vez el jueves, unas dos horas después de volver de entrevistarse con ellos mismos. Diego esperaba que la tercera fuera la vencida.
Al bazar lo sucedió una vieja casa tapiada. A esta, un supermercado chino. A este, un ciber. Pensaba que se sentía como maleta de loco y le molestaba. No le gustaban las entrevistas. Cada vez, se sentía como un ladrón de gallinas en el banquillo. También le molestaba tener que ir a entrevistas sucesivas, como si pasara pantallas con el Mario Bros. Por esos días, le gustaba contar que, cada vez que se dirigía a una segunda entrevista, se sentía dentro de una pantalla de Sega y manejado, joystick mediante, por sus potenciales jefes.
Esta era la tercera.
Al pasar por un edificio en construcción, aceleró el paso para que el polvillo no le ensuciara la camisa, que ya tenía arremangada, y casi se topó con un rectángulo ploteado en un celeste otrora estridente, ahora sucio y gastado, plagado de los mismos helados de siempre y precios sucesivamente remarcados con cachos de papel, fibrón y cinta scotch. Entró al kiosco fumando y pidió Halls de eucaliptus. A Diego le molestaba considerar apagar el pucho antes y clavarse dos pastillas de menta a la vez para que alguien que todavía no le daba de comer no le sintiera baranda a pucho, pero le dio a su medio cigarrillo una última y profunda pitada y trató de embocarlo en una boca de tormenta.
Llegó a Curapaligüe y con una persistente mirada al piso dobló por tercera vez a la derecha, ninguneando por tercera vez al Parque, que había llegado a ponérsele -por tercera vez- a una veintena de metros de tránsito fluído. Hizo media cuadra, se extrañó de que siguiera pasándose de largo, volvió algunos pasos y dio con la puerta. Entre esta y Diego se interponía, absurdamente, un excremento, presuntamente canino. Vistosamente blando y brillante.
Cierre relámpago, baño polaco, cierre relámpago.
Timbre.
La puerta se abrió y apareció la recepcionista, la misma de las dos veces anteriores. La de pelo castaño claro -esta vez, recogido con un lápiz-, ojos marrones pequeños, labios pequeños aún para su contextura, también acotada; la de los veintitrés años y los ochentaycinco-sesenta-noventa que Diego calculó, a ojo, la segunda vez que la vio. Se saludaron con un arqueo de cejas, un hola, venís a la entrevista, un hola, sí, miradas simultáneas al sorete que los separaba y risita elocuente. El joven dio un paso largo que sobrevoló las heces, lo depositó bajo el marco de la puerta y lo dejó muy muy cerca de la empleada, a quien saludó, para romper el hielo, posándole la mano izquierda en la cintura y dándole un beso parsimonioso que llegó a tocarle la comisura derecha de los labios. A ella le salió una sonrisa que él no vio y lo dejó pasar sin evitar que le rozara los pechos con el suyo. Dentro del hall sonó un tomá asiento que ahora le aviso, para que uno se siente en uno de los sillones y la otra detrás del mostrador de recepción. Pasaron treinta y seis minutos, que a Diego le alcanzaron para asegurarse un turnito en el telo de a la vuelta después de las 18hs., cuando un gigantón en musculosa se le puso enfrente, le dio una palmada en el hombro, lo tomó del cuello y lo llevó por un pasillo, al tiempo que le explicaba la diferencia entre sueldo bruto y sueldo, bruto. La recepcionista aprovechó que su horario de almuerzo empezaba para ir al baño a ponerse Espadol.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Verduras con forma de pene.

Joven va a casa de joven a intercambiar estampillas de la belle êpoque con joven. Cuando llega, joven hacer sentar a joven en una silla, luego se sienta enfrente y se quedan largos minutos en silencio. Joven siente una incipiente incomodidad, ya que se encuentra en una casa desconocida y tiene a joven enfrente, que punza su cuerpo con miradas lascivas de forma casi permanente; por lo que decide romper el hielo:
-Lalala.
-Barquitos de papel.
Joven siente que acaba de cometer una terrible estupidez. No entiende de qué manera podría romper el hielo pronunciando sílabas que, fuera del marco de un elemental disfrute musical, sufrían una carencia de sentido que haría levantar una ceja con desconcierto al mismísimo Piaget. Sin embargo, lo que aún más inquieta a joven es la respuesta de joven, por ser casi del mismo tenor. Además, empezó a notar que joven sumó, a sus miradas sugestivas, un dedito girando en minúsculos círculos en torno a su esternón. Las estampillas empezaban a humedecerse entre sus manos.
-¡Voy al baño! Perdoname. -dijo súbitamente joven, mientras saltaba de su asiento y encaraba de memoria al toilette.
Ahora joven tendría unos minutos de soledad para encontrar la forma de que sus manos y sus labios dejen de temblar. Pero el camino a la serenidad apenas llegaría a trazarse: ruidos de cuerpos sólidos y pastosos cayendo al agua, ventosidades y gemidos de esfuerzo terminaron por tensar a joven completamente. Sin embargo, la tensión empezaría a ceder para dar lugar al desconcierto: la ducha se acababa de abrir. Ruidos de cientos de gotas rápidas cayendo sobre un cuerpo en movimiento. Los tarareos inconexos deviniendo en canciones bien definidas, hasta bien interpretadas. Intercaladas con silbidos. Enteras y consecutivas. A la quinta canción, joven googleó en la PC de joven (luego de minimizar, con absurda discreción, páginas y páginas de pornografía) y le asombró saber que joven estaba interpretando el disco The Magical Mistery Tour. Completo. En el orden original. Empezó a leer las letras mientras joven las cantaba para olvidarse de que joven se había excusado para ir al baño y ya llevaba cuarenta minutos duchándose. Luego de terminar con aquel disco, y tras haber cantado, de yapa, Revolution #9, joven cerró la ducha y exclamó:
-¡Viva el León de Francia, carajo!
Joven, que ya se había aburrido incluso de revisar su Twitter, se sobresaltó. Sin sacar los ojos del monitor, escuchó una puerta abrirse, un par de pies desnudos, otra puerta abrirse y, ahora, cerrarse.
-¡Ya voy eh!- escuchó joven que le decían desde una habitación.
A joven ya no le sorprendió escuchar una TV encendiéndose y mascullar chismes durante horas.
En su habitación, en tanto, joven se reía o hacía comentarios o insultaba. De pronto, silencio. Pasaban los minutos y joven se esforzaba por convencerse de que no era un ronquido apagado lo que creyó escuchar.
Tan aburrido llegó a estar que empezó a introducirse menesteres de diverso tamaño y forma en el ano, señor.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Genealogía del morral.

En fin. Como ya todos sabrán, hace un calor del carajo. Y, por esas casualidades del aburrido destino, venía pensando exactamente todo lo contrario mientras caminaba hacia la facultad:
-Ay ay ay. Hace un frío del carajo.
A pesar de haber pronunciado tal lapidaria frase en otro idioma (esperanto), un tano setentón, que sufría el sol que se devoraba el cenit entero, me escuchó. Y me entendió.
-Ma' qué dice esta borrega malaprendida, ¡hace una calor del ortelano!
A pesar de estar, el anciano, acodado a una mesa, del otro lado de la vidriera del cafetín, lo escuché. Y entendí. La circunstancia barrió con todas mis opciones y dejó solo una.
La de exclamar:
-¡Tijereta para el viejo!
La tijereta no era más que una tijera oxidada que llevaba en el morral. La titular de la cátedra de Álgebra XI nos había pedido que llevemos una para el teórico de hoy.
Lo que hice, armándome de una paciencia extraordinaria (faltaban once minutos para que empiece la clase), fue reducir a astillas de vidrio aquel escaparate, cruzarlo, arrojarme sobre la mesa del viejo, pedir perdón a la concurrencia. Espetar:
-¡Canalla!
-No esperaba menos de usté, borrega. Cubra sus pezones, mascalzonetta.
-Pero cállese, vejete.
-Vaya a su facultad.
-Iré.
Y, previos vejámenes indecibles a aquel pobre septuagenario, partí, rauda, a la facultad. En el camino, un cabo de la Policía Metropolitana me preguntó por qué estaba cubierta de sangre y restos de vísceras. Le dije que me vino. Me preguntó por qué corría desnuda, cubierta de sangre, con una tijera en la mano empuñada cual puñal definitivo. Le recité:
-Meditaciones en conciencia, para darse cuenta de que la realidad no es la que Babilon te pinta.
Se desternilló de la risa. Lo abracé para cubrirlo de ectoplasma. Jugamos un breve Dígalo con mímica. Seguí mi camino.
Cuando llegué al aula, noté en su centro una pelopincho de proporciones. Llena de agua. Hasta el borde.
Una decena de alumnos, inmersos en ella, acodados al borde más cercano a la titular de la catedra, tomaban nota. Se masturbaban con sus tijeras.
Me zambullí a la pileta cual esperma sobre un esponjoso y hediondo -a pescado- óvulo. No me quedó otra que gritar:
-¡La reputísima madre que te parió, hijo de puta!
Por Dior, qué sorete.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Manzana.

En la sala de reuniones de aquella Pyme los ánimos oscilaban entre la tensión y la expectativa; por eso tenía que estar allí, más atento que nunca a los movimientos de mi jefe, el Socio Mayoritario.
Se trataba de un meeting con un posible cliente. Un muy importante posible cliente. Que la palabra posible se esfume del aire de esa sala dependía, en sumo grado, de los movimientos del Socio Mayoritario, aquel cuyos pasos observaba con lupa detectivesca.
-...y en cada caso, los valores serán consensuados, en vistas de maximizar utilidades en ambas partes. Pero siempre poniendo el énfasis en que nuestros servicios convengan al cliente.-intentaba persuadir, prolijamente, el Socio Mayoritario.
-Por supuesto.-acordó el Importante Posible Cliente.-ambos sabemos que, de desarrollarse...
-Permiso,-interrumpió, inquietándome un poco, el Socio Mayoritario. -tengo ganas de hacer caca.
Y, ante el intercambio de miradas estupefactas entre los allí presentes, se levantó de su asiento y emprendió el camino hacia la puerta. El Importante Posible Cliente, su asistente y yo observábamos, en un silencio anonadado, cómo la encorvada figura del Socio Mayoritario se perdía, parsimoniosa, por el pasillo de la Pyme.
-Bueno...-esbocé, pero no se me ocurría nada para excusarme. Me limité a mirar rápidamente a Importante Posible Cliente y a su asistente. El primero, mirándose los zapatos con una ceja levantada. El segundo, aguantando un rictus sonriente que hacía temblar -por momentos, perceptiblemente- su labio inferior. Revolvía con una cuchara de plástico su Café Martinez, supongo que para pensar en otra cosa.
Veinte minutos después, Socio Mayoritario entraba de nuevo a la sala, abrochándose el cinturón.
-Perdón. Prosigamos.-dijo, rompiendo el silencio que reinó con mano de hierro desde su bufonesca salida.
-Señor, sus zapatos...-no pude evitar expresar mi cada vez mayor mezcla de sorpresa y desesperación, cuando un tufillo me hizo mirar sus pies y notarlos desnudos. La mano derecha, temblorosa, de Importante Posible Cliente se metió en un bolsillo interno de su saco y extrajo una petaca de Cognac New Style. Importante pero ya no tan Posible Cliente le dio dos sorbos. Eternos.
-Mire, señor. Yo vine con buena predisposición; realmente estaba entusiasmado con la idea de ser su Importante Cliente, pero esto...
-Tenía ganas de hacer caca.-interrumpió, de nuevo, con aires de disculpa y haciendo puchero, Socio Mayoritario.-se me escapó un pepe y se me manchó el calzoncillo.
Tenía que hacer lo que sea por volver a encauzar la reunión. Apelé a un recurso que otras veces me dio resultado:
-Señor, ¿quién es el dueño de todo esto?- y mi índice derecho dio una vuelta en el aire, enlazando todo esto: sala, pasillos, Pyme. Socio Mayoritario puso los ojos como platos:
-¡MIO!- gritó, con voz nasal, y dando fuertes golpes de puño contra la mesa. Los vasitos térmicos Café Martinez se estremecieron y volcaron Café Martinez sobre la mesa. El asistente del Importante pero ya Improbable Cliente largó el "Pffff" de una risa que quebrantaba el esfuerzo sobrehumano por contenerla.
-¡MIO!¡MIO!¡MIO!- los golpes se sucedían, tercos. Algún vasito térmico de Café Martinez ya había rodado por la mesa hasta el piso. El Importante pero ya Improbable Cliente se llevó una mano a la frente con tanta fuerza que el ruido resultante sonó a aplauso y nos dolió a todos los allí presentes; salvo a Socio Mayoritario que, a esta altura, ya acompañaba los "¡MIO!¡MIO" no solo con feroces puñetazos a la mesa, sino con saltitos. Parecía un mono.
La situación se me estaba yendo completamente de las manos. Estaba al borde de un sourmenage cuando observé la mesa tambaleándose y lo recordé. Yo sabía que para algo había traído crayones y hojas blancas.
-¡A dibujar!-exclamé, tratando de que mi sonrisa pareciera más entusiasta que nerviosa y desencajada.
Tuve un respiro: el ahora de nuevo Importante Posible Cliente dio un par de aplausos (usando solo las palmas de sus manos), tomó con violencia una hoja, un puñado de crayones y se tiró al piso a dibujar. Con el mentón apoyado en una mano. Con la cabeza y los pies meneándose como si fuera un púber escuchando El Brujito de Gulubú. Un hilo de baba se extendió un par de centímetros desde su labio inferior hasta convertirse en gota e impactar contra la hoja rayada con crayon rojo. El asistente lo miraba desde su asiento, mientras con una mano levantaba un vasito térmico de Café Martinez y vertía sobre su propia cabeza el escaso contenido. El alma me volvía al cuerpo. Ni siquiera me importaba que Socio Mayoritario se hubiera encariñado con mi pierna izquierda mientras me miraba con ojos como platos y su boca llena de galletitas Melba siguiera balbuceando "MIO, MIO".

viernes, 22 de octubre de 2010

La suerte de un opa.

Registro Nacional de las Personas. 9:15 AM. Infraestructuras tecnológica y edilicia holgadamente sólidas por tratarse de un organismo del Estado. Plasmas por doquier. Mostrador estilo Recepción de Organismo del Estado. Sujeto de mediana edad enredado en camisablanca-corbataazul, de un lado:

-¿Qué dice, compañero? Las artimañas son claras, ¿vio?

Jubilado, presumiblemente morador frecuente de Organismos del Estado:

-Pero las cosas no son como antes, pana. Habrá que observar el detalle: usté, por tener las patas estiradas, pisome el pie derecho. Papanatas.

-Su reclamo me parece coherente. Debe haber alguna línea telefónica para eso.-mano izquierda estatal, súbitamente, bajo el escritorio- Atrás, atrás.

El ruido de una bragueta al abrirse dejó en silencio, por un par de largos segundos, aquel box.

-Mire, como decíamos en mi época: ma quia pore la perdurezzi, ciangarutto.-concedió el anciano.

-La espera para obtener el DNI es de quince días, pero veo que tengo que hacérselo entender utilizando metodologías de persuasión que muy poco agradan a mi ser, caballero.

El ruido del envoltorio de un preservativo al romperse le sumó algunos segundos de tenso silencio al -ya a esta altura- terminado intercambio de opiniones. Un par de manos arrugadas apretó un rosario.

Los gemidos cavernosos y a dientes apretados apenas llamaron la atención de las decenas de personas que, ansiosas por obtener su DNI tarjeta con holografías antifalsificación, se conglomeraban allí. Pero el cada vez más penetrante olor a transpiración genital empezó a tornar desagradable y hostil a aquel ambiente. La conciencia se obnubiló y el desaliento lloró.

viernes, 20 de agosto de 2010

Bilis ajena en tu lengua.

Bueno, parece que al director no le gustó la escena:
-¡Corte! ¡Corte, carajo, corte!
El protagonista ve su estrella manchada, como vislumbrada a través de un parabrisas sucio:
-¡Eh! ¿Qué te pasa, gato?
-Que lo hiciste mal. Oh, bueno para nada.
-Yo soy un buen actor.
-Coincido.
-Papas fritas, por favor.
El mozo llega presuroso, automático. En una mano, una bandeja de cristal con un paquete abierto de Papas Lays -pero no es una propaganda de Lays-. En la comisura de sus labios, restos clandestinos y buchones de snack. Su otra mano, tironeando de su muy corto delantal (debajo no tiene nada). Las principales figuras del filme (director y protagonista, ambos reconocidísimos) lo ven llegar. Cuatro ojitos brillan.
-Bonjour, pêperes.
Las principales figuras del filme (director y protagonista, ambos reconocidísimos) sienten su aliento a papa frita, pero no dicen nada.
El mozo deja la bandeja con las Lays en el regazo una de las principales figuras del filme (actor, reconocidísimo) y se despide, solemne y culpable (sabe que su aliento a papas Lays es notable):
-Monsieur Harrison, les pâpes. Nos vemos, Steven.
Da media vuelta y se aleja, tan presuroso y automático como llegó. Las principales figuras del filme (director y protagonista, ambos reconocidísimos) se quedan observando las nalgas desnudas del camarero y las flexiones y contracciones de sus músculos al caminar. Una de las principales figuras del filme (director, reconocidísimo) agacha un poco la cabeza para poder atisbar vello anal, pero el mozo ya está muy lejos. Vuelven al tema:
-Bueno. Eh, eh, todo bien. Eh.
-Sería bueno algo así onda Huxley, pero hay que cambiar todo el guión.
Diez segundos después, se daría uno de los poquísimos casos de dos paros cardiorrespiratorios simultáneos. Los encontraron dos semanas después (el set no era muy concurrido).
El hedor era impresionante.

miércoles, 7 de julio de 2010

Por no tomar la sopa.

Hombre parado en el living. Brazos cruzados sobre el pecho. Delante de él, dándole la espalda, niño de unos nueve años: su hijo. Sentado frente a una PC. Un ligero movimiento de su mano derecha y una flecha en el monitor punza una palabra subrayada: Encarta online. Susodicha enciclopedia desplegóse y desparramó kilómetros de conocimiento sobre la pantalla. El niño lee:
-Colón descubrió América en 1492. El ladrillo está hecho de tierra horneada. Todo es relativo.
A su padre se le pianta un lagrimón. Piensa: “Qué orgulloso estoy de mi hijo.”
El niño prosigue, insaciable de conocimientos:
-Buenos Aires fue fundada dos veces. Dos no tiene raíz cuadrada. Dios. Patria. Familia.
Su padre se emociona. Piensa: “Mi hijo. Qué emoción.”
Un pop up disloca tanta armonía abyecta. Es un banner, una ciber-publicidad. Un movimiento de la mano derecha del niño. La flecha punza el banner. Justo sobre el rostro de un modelo sonriente. Se abre una ventana que ocupa toda la pantalla. Un video: un sujeto penetra analmente a otro, mientras éste le hace una fellatio a un tercero. Parlantes encendidos. Volumen alto. Gemidos. Gritos. Jadeos. Ventosidades.
El padre exclama:
-¡Guau! ¡Porno gratis!