martes, 26 de julio de 2011

Habrase visto

-Disculpe señor, no está permitido tomar fotografías.
-Perdón, perdón. Guardaré mi camará guardaré. Verá usted.
-¿Usted me está cargando? No-está-permitido-guardar-cámaras.
-Entonces... ¿qué hago?
-Dese vuelta.
-Lo haré.
-Bueno, hágalo.
-Lo hice.
El niño abrió su mochila con una calma que sacaría de sus cabales hasta al más fanático de los freudianos, tomó una cartuchera de su interior, la abrió, extrajo un fibrón azul y comenzó a dibujar una simpática mariposa en la espalda del infractor.
-¿Qué me está haciendo, señor?
-Cállese y espere a que termine. Y, por favor, deje de taparse los ojos, que nadie se lo pidió y es fútil estando de espaldas, caramba.
-Disculpe.
-Disculpado.
Una vez hubo finalizado el dibujo, el pequeño guardó el fibrón en la cartuchera y ésta en la mochila, la cual volvió a cargarse al hombro con una parsimonia perturbadora.
-Ya puede darse vuelta.
-Discúlpeme, yo no sabía...
-Cállese, hágame el favor. No es nada, cosa de principiantes, vio.
-¿Puedo sacar una fotito más?
-Solo si me saca una foto con mi mamá y me da un beso.
-Como usted ordene.
El turista le sacó una foto al niño con su madre. El jovencito infló el cachete derecho y se lo tocó con el índice. Clara señal de que al infractor le faltaba cumplir una parte del trato. El fotógrafo regañado le dio un ósculo en la mejilla inflada, le tomó una foto a una curiosa silla que reposaba contra la pared de la oficina y se fue de allí, cabizbajo y algo sonrojado.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Dejame de romper las bolas con Messi, la puta que te parió

El día anterior, había comprobado que la distancia que separa a la boca de subte del Parque Chacabuco era suficiente si la caminaba, tan solo, sin apuro; por lo que subió los últimos escalones hurgándose los bolsillos -el derecho primero, casi por reflejo; el izquierdo después, casi con fastidio-, dio con el encendedor y, ya sobre el semáforo de la esquina, encendió el pucho que antes se humedecía en sus manos -que siempre transpiraban- y luego en su boca apretada. El paso del amarillo al rojo y la primera bocanada coincidieron sin demasiadas ganas y el muchacho cruzó la avenida con la misma actitud. A Diego lo llamaron por tercera vez el jueves, unas dos horas después de volver de entrevistarse con ellos mismos. Diego esperaba que la tercera fuera la vencida.
Al bazar lo sucedió una vieja casa tapiada. A esta, un supermercado chino. A este, un ciber. Pensaba que se sentía como maleta de loco y le molestaba. No le gustaban las entrevistas. Cada vez, se sentía como un ladrón de gallinas en el banquillo. También le molestaba tener que ir a entrevistas sucesivas, como si pasara pantallas con el Mario Bros. Por esos días, le gustaba contar que, cada vez que se dirigía a una segunda entrevista, se sentía dentro de una pantalla de Sega y manejado, joystick mediante, por sus potenciales jefes.
Esta era la tercera.
Al pasar por un edificio en construcción, aceleró el paso para que el polvillo no le ensuciara la camisa, que ya tenía arremangada, y casi se topó con un rectángulo ploteado en un celeste otrora estridente, ahora sucio y gastado, plagado de los mismos helados de siempre y precios sucesivamente remarcados con cachos de papel, fibrón y cinta scotch. Entró al kiosco fumando y pidió Halls de eucaliptus. A Diego le molestaba considerar apagar el pucho antes y clavarse dos pastillas de menta a la vez para que alguien que todavía no le daba de comer no le sintiera baranda a pucho, pero le dio a su medio cigarrillo una última y profunda pitada y trató de embocarlo en una boca de tormenta.
Llegó a Curapaligüe y con una persistente mirada al piso dobló por tercera vez a la derecha, ninguneando por tercera vez al Parque, que había llegado a ponérsele -por tercera vez- a una veintena de metros de tránsito fluído. Hizo media cuadra, se extrañó de que siguiera pasándose de largo, volvió algunos pasos y dio con la puerta. Entre esta y Diego se interponía, absurdamente, un excremento, presuntamente canino. Vistosamente blando y brillante.
Cierre relámpago, baño polaco, cierre relámpago.
Timbre.
La puerta se abrió y apareció la recepcionista, la misma de las dos veces anteriores. La de pelo castaño claro -esta vez, recogido con un lápiz-, ojos marrones pequeños, labios pequeños aún para su contextura, también acotada; la de los veintitrés años y los ochentaycinco-sesenta-noventa que Diego calculó, a ojo, la segunda vez que la vio. Se saludaron con un arqueo de cejas, un hola, venís a la entrevista, un hola, sí, miradas simultáneas al sorete que los separaba y risita elocuente. El joven dio un paso largo que sobrevoló las heces, lo depositó bajo el marco de la puerta y lo dejó muy muy cerca de la empleada, a quien saludó, para romper el hielo, posándole la mano izquierda en la cintura y dándole un beso parsimonioso que llegó a tocarle la comisura derecha de los labios. A ella le salió una sonrisa que él no vio y lo dejó pasar sin evitar que le rozara los pechos con el suyo. Dentro del hall sonó un tomá asiento que ahora le aviso, para que uno se siente en uno de los sillones y la otra detrás del mostrador de recepción. Pasaron treinta y seis minutos, que a Diego le alcanzaron para asegurarse un turnito en el telo de a la vuelta después de las 18hs., cuando un gigantón en musculosa se le puso enfrente, le dio una palmada en el hombro, lo tomó del cuello y lo llevó por un pasillo, al tiempo que le explicaba la diferencia entre sueldo bruto y sueldo, bruto. La recepcionista aprovechó que su horario de almuerzo empezaba para ir al baño a ponerse Espadol.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Verduras con forma de pene.

Joven va a casa de joven a intercambiar estampillas de la belle êpoque con joven. Cuando llega, joven hacer sentar a joven en una silla, luego se sienta enfrente y se quedan largos minutos en silencio. Joven siente una incipiente incomodidad, ya que se encuentra en una casa desconocida y tiene a joven enfrente, que punza su cuerpo con miradas lascivas de forma casi permanente; por lo que decide romper el hielo:
-Lalala.
-Barquitos de papel.
Joven siente que acaba de cometer una terrible estupidez. No entiende de qué manera podría romper el hielo pronunciando sílabas que, fuera del marco de un elemental disfrute musical, sufrían una carencia de sentido que haría levantar una ceja con desconcierto al mismísimo Piaget. Sin embargo, lo que aún más inquieta a joven es la respuesta de joven, por ser casi del mismo tenor. Además, empezó a notar que joven sumó, a sus miradas sugestivas, un dedito girando en minúsculos círculos en torno a su esternón. Las estampillas empezaban a humedecerse entre sus manos.
-¡Voy al baño! Perdoname. -dijo súbitamente joven, mientras saltaba de su asiento y encaraba de memoria al toilette.
Ahora joven tendría unos minutos de soledad para encontrar la forma de que sus manos y sus labios dejen de temblar. Pero el camino a la serenidad apenas llegaría a trazarse: ruidos de cuerpos sólidos y pastosos cayendo al agua, ventosidades y gemidos de esfuerzo terminaron por tensar a joven completamente. Sin embargo, la tensión empezaría a ceder para dar lugar al desconcierto: la ducha se acababa de abrir. Ruidos de cientos de gotas rápidas cayendo sobre un cuerpo en movimiento. Los tarareos inconexos deviniendo en canciones bien definidas, hasta bien interpretadas. Intercaladas con silbidos. Enteras y consecutivas. A la quinta canción, joven googleó en la PC de joven (luego de minimizar, con absurda discreción, páginas y páginas de pornografía) y le asombró saber que joven estaba interpretando el disco The Magical Mistery Tour. Completo. En el orden original. Empezó a leer las letras mientras joven las cantaba para olvidarse de que joven se había excusado para ir al baño y ya llevaba cuarenta minutos duchándose. Luego de terminar con aquel disco, y tras haber cantado, de yapa, Revolution #9, joven cerró la ducha y exclamó:
-¡Viva el León de Francia, carajo!
Joven, que ya se había aburrido incluso de revisar su Twitter, se sobresaltó. Sin sacar los ojos del monitor, escuchó una puerta abrirse, un par de pies desnudos, otra puerta abrirse y, ahora, cerrarse.
-¡Ya voy eh!- escuchó joven que le decían desde una habitación.
A joven ya no le sorprendió escuchar una TV encendiéndose y mascullar chismes durante horas.
En su habitación, en tanto, joven se reía o hacía comentarios o insultaba. De pronto, silencio. Pasaban los minutos y joven se esforzaba por convencerse de que no era un ronquido apagado lo que creyó escuchar.
Tan aburrido llegó a estar que empezó a introducirse menesteres de diverso tamaño y forma en el ano, señor.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Genealogía del morral.

En fin. Como ya todos sabrán, hace un calor del carajo. Y, por esas casualidades del aburrido destino, venía pensando exactamente todo lo contrario mientras caminaba hacia la facultad:
-Ay ay ay. Hace un frío del carajo.
A pesar de haber pronunciado tal lapidaria frase en otro idioma (esperanto), un tano setentón, que sufría el sol que se devoraba el cenit entero, me escuchó. Y me entendió.
-Ma' qué dice esta borrega malaprendida, ¡hace una calor del ortelano!
A pesar de estar, el anciano, acodado a una mesa, del otro lado de la vidriera del cafetín, lo escuché. Y entendí. La circunstancia barrió con todas mis opciones y dejó solo una.
La de exclamar:
-¡Tijereta para el viejo!
La tijereta no era más que una tijera oxidada que llevaba en el morral. La titular de la cátedra de Álgebra XI nos había pedido que llevemos una para el teórico de hoy.
Lo que hice, armándome de una paciencia extraordinaria (faltaban once minutos para que empiece la clase), fue reducir a astillas de vidrio aquel escaparate, cruzarlo, arrojarme sobre la mesa del viejo, pedir perdón a la concurrencia. Espetar:
-¡Canalla!
-No esperaba menos de usté, borrega. Cubra sus pezones, mascalzonetta.
-Pero cállese, vejete.
-Vaya a su facultad.
-Iré.
Y, previos vejámenes indecibles a aquel pobre septuagenario, partí, rauda, a la facultad. En el camino, un cabo de la Policía Metropolitana me preguntó por qué estaba cubierta de sangre y restos de vísceras. Le dije que me vino. Me preguntó por qué corría desnuda, cubierta de sangre, con una tijera en la mano empuñada cual puñal definitivo. Le recité:
-Meditaciones en conciencia, para darse cuenta de que la realidad no es la que Babilon te pinta.
Se desternilló de la risa. Lo abracé para cubrirlo de ectoplasma. Jugamos un breve Dígalo con mímica. Seguí mi camino.
Cuando llegué al aula, noté en su centro una pelopincho de proporciones. Llena de agua. Hasta el borde.
Una decena de alumnos, inmersos en ella, acodados al borde más cercano a la titular de la catedra, tomaban nota. Se masturbaban con sus tijeras.
Me zambullí a la pileta cual esperma sobre un esponjoso y hediondo -a pescado- óvulo. No me quedó otra que gritar:
-¡La reputísima madre que te parió, hijo de puta!
Por Dior, qué sorete.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Manzana.

En la sala de reuniones de aquella Pyme los ánimos oscilaban entre la tensión y la expectativa; por eso tenía que estar allí, más atento que nunca a los movimientos de mi jefe, el Socio Mayoritario.
Se trataba de un meeting con un posible cliente. Un muy importante posible cliente. Que la palabra posible se esfume del aire de esa sala dependía, en sumo grado, de los movimientos del Socio Mayoritario, aquel cuyos pasos observaba con lupa detectivesca.
-...y en cada caso, los valores serán consensuados, en vistas de maximizar utilidades en ambas partes. Pero siempre poniendo el énfasis en que nuestros servicios convengan al cliente.-intentaba persuadir, prolijamente, el Socio Mayoritario.
-Por supuesto.-acordó el Importante Posible Cliente.-ambos sabemos que, de desarrollarse...
-Permiso,-interrumpió, inquietándome un poco, el Socio Mayoritario. -tengo ganas de hacer caca.
Y, ante el intercambio de miradas estupefactas entre los allí presentes, se levantó de su asiento y emprendió el camino hacia la puerta. El Importante Posible Cliente, su asistente y yo observábamos, en un silencio anonadado, cómo la encorvada figura del Socio Mayoritario se perdía, parsimoniosa, por el pasillo de la Pyme.
-Bueno...-esbocé, pero no se me ocurría nada para excusarme. Me limité a mirar rápidamente a Importante Posible Cliente y a su asistente. El primero, mirándose los zapatos con una ceja levantada. El segundo, aguantando un rictus sonriente que hacía temblar -por momentos, perceptiblemente- su labio inferior. Revolvía con una cuchara de plástico su Café Martinez, supongo que para pensar en otra cosa.
Veinte minutos después, Socio Mayoritario entraba de nuevo a la sala, abrochándose el cinturón.
-Perdón. Prosigamos.-dijo, rompiendo el silencio que reinó con mano de hierro desde su bufonesca salida.
-Señor, sus zapatos...-no pude evitar expresar mi cada vez mayor mezcla de sorpresa y desesperación, cuando un tufillo me hizo mirar sus pies y notarlos desnudos. La mano derecha, temblorosa, de Importante Posible Cliente se metió en un bolsillo interno de su saco y extrajo una petaca de Cognac New Style. Importante pero ya no tan Posible Cliente le dio dos sorbos. Eternos.
-Mire, señor. Yo vine con buena predisposición; realmente estaba entusiasmado con la idea de ser su Importante Cliente, pero esto...
-Tenía ganas de hacer caca.-interrumpió, de nuevo, con aires de disculpa y haciendo puchero, Socio Mayoritario.-se me escapó un pepe y se me manchó el calzoncillo.
Tenía que hacer lo que sea por volver a encauzar la reunión. Apelé a un recurso que otras veces me dio resultado:
-Señor, ¿quién es el dueño de todo esto?- y mi índice derecho dio una vuelta en el aire, enlazando todo esto: sala, pasillos, Pyme. Socio Mayoritario puso los ojos como platos:
-¡MIO!- gritó, con voz nasal, y dando fuertes golpes de puño contra la mesa. Los vasitos térmicos Café Martinez se estremecieron y volcaron Café Martinez sobre la mesa. El asistente del Importante pero ya Improbable Cliente largó el "Pffff" de una risa que quebrantaba el esfuerzo sobrehumano por contenerla.
-¡MIO!¡MIO!¡MIO!- los golpes se sucedían, tercos. Algún vasito térmico de Café Martinez ya había rodado por la mesa hasta el piso. El Importante pero ya Improbable Cliente se llevó una mano a la frente con tanta fuerza que el ruido resultante sonó a aplauso y nos dolió a todos los allí presentes; salvo a Socio Mayoritario que, a esta altura, ya acompañaba los "¡MIO!¡MIO" no solo con feroces puñetazos a la mesa, sino con saltitos. Parecía un mono.
La situación se me estaba yendo completamente de las manos. Estaba al borde de un sourmenage cuando observé la mesa tambaleándose y lo recordé. Yo sabía que para algo había traído crayones y hojas blancas.
-¡A dibujar!-exclamé, tratando de que mi sonrisa pareciera más entusiasta que nerviosa y desencajada.
Tuve un respiro: el ahora de nuevo Importante Posible Cliente dio un par de aplausos (usando solo las palmas de sus manos), tomó con violencia una hoja, un puñado de crayones y se tiró al piso a dibujar. Con el mentón apoyado en una mano. Con la cabeza y los pies meneándose como si fuera un púber escuchando El Brujito de Gulubú. Un hilo de baba se extendió un par de centímetros desde su labio inferior hasta convertirse en gota e impactar contra la hoja rayada con crayon rojo. El asistente lo miraba desde su asiento, mientras con una mano levantaba un vasito térmico de Café Martinez y vertía sobre su propia cabeza el escaso contenido. El alma me volvía al cuerpo. Ni siquiera me importaba que Socio Mayoritario se hubiera encariñado con mi pierna izquierda mientras me miraba con ojos como platos y su boca llena de galletitas Melba siguiera balbuceando "MIO, MIO".

viernes, 22 de octubre de 2010

La suerte de un opa.

Registro Nacional de las Personas. 9:15 AM. Infraestructuras tecnológica y edilicia holgadamente sólidas por tratarse de un organismo del Estado. Plasmas por doquier. Mostrador estilo Recepción de Organismo del Estado. Sujeto de mediana edad enredado en camisablanca-corbataazul, de un lado:

-¿Qué dice, compañero? Las artimañas son claras, ¿vio?

Jubilado, presumiblemente morador frecuente de Organismos del Estado:

-Pero las cosas no son como antes, pana. Habrá que observar el detalle: usté, por tener las patas estiradas, pisome el pie derecho. Papanatas.

-Su reclamo me parece coherente. Debe haber alguna línea telefónica para eso.-mano izquierda estatal, súbitamente, bajo el escritorio- Atrás, atrás.

El ruido de una bragueta al abrirse dejó en silencio, por un par de largos segundos, aquel box.

-Mire, como decíamos en mi época: ma quia pore la perdurezzi, ciangarutto.-concedió el anciano.

-La espera para obtener el DNI es de quince días, pero veo que tengo que hacérselo entender utilizando metodologías de persuasión que muy poco agradan a mi ser, caballero.

El ruido del envoltorio de un preservativo al romperse le sumó algunos segundos de tenso silencio al -ya a esta altura- terminado intercambio de opiniones. Un par de manos arrugadas apretó un rosario.

Los gemidos cavernosos y a dientes apretados apenas llamaron la atención de las decenas de personas que, ansiosas por obtener su DNI tarjeta con holografías antifalsificación, se conglomeraban allí. Pero el cada vez más penetrante olor a transpiración genital empezó a tornar desagradable y hostil a aquel ambiente. La conciencia se obnubiló y el desaliento lloró.

viernes, 20 de agosto de 2010

Bilis ajena en tu lengua.

Bueno, parece que al director no le gustó la escena:
-¡Corte! ¡Corte, carajo, corte!
El protagonista ve su estrella manchada, como vislumbrada a través de un parabrisas sucio:
-¡Eh! ¿Qué te pasa, gato?
-Que lo hiciste mal. Oh, bueno para nada.
-Yo soy un buen actor.
-Coincido.
-Papas fritas, por favor.
El mozo llega presuroso, automático. En una mano, una bandeja de cristal con un paquete abierto de Papas Lays -pero no es una propaganda de Lays-. En la comisura de sus labios, restos clandestinos y buchones de snack. Su otra mano, tironeando de su muy corto delantal (debajo no tiene nada). Las principales figuras del filme (director y protagonista, ambos reconocidísimos) lo ven llegar. Cuatro ojitos brillan.
-Bonjour, pêperes.
Las principales figuras del filme (director y protagonista, ambos reconocidísimos) sienten su aliento a papa frita, pero no dicen nada.
El mozo deja la bandeja con las Lays en el regazo una de las principales figuras del filme (actor, reconocidísimo) y se despide, solemne y culpable (sabe que su aliento a papas Lays es notable):
-Monsieur Harrison, les pâpes. Nos vemos, Steven.
Da media vuelta y se aleja, tan presuroso y automático como llegó. Las principales figuras del filme (director y protagonista, ambos reconocidísimos) se quedan observando las nalgas desnudas del camarero y las flexiones y contracciones de sus músculos al caminar. Una de las principales figuras del filme (director, reconocidísimo) agacha un poco la cabeza para poder atisbar vello anal, pero el mozo ya está muy lejos. Vuelven al tema:
-Bueno. Eh, eh, todo bien. Eh.
-Sería bueno algo así onda Huxley, pero hay que cambiar todo el guión.
Diez segundos después, se daría uno de los poquísimos casos de dos paros cardiorrespiratorios simultáneos. Los encontraron dos semanas después (el set no era muy concurrido).
El hedor era impresionante.